El día que discutí con mi compañero de habitación me desperté a las 8 y media de la mañana. Había estado soñando con árboles, y con pájaros que volaban sobre sus ramas a través de chorros de luz infinitos. Mi amigo Juan me diría por la tarde que este tipo de sueños son de buena salud. Sergi tampoco reconoció el mal presagio. Nadie tuvo tiempo de hacerlo. Porque sucedió en un instante. Porque en un instante puedes vivir o morir, o ninguna de las dos cosas.
Cuando subí del desayuno, retiré cuidadosamente las cortinas para que la luz de la mañana rompiese con el temor de la noche. Todo el mundo coincide en que era una mañana calurosa, pero con el frescor de las mañanas de Verano. En el banco de debajo de la acacia, por la tarde, Juan me dijo que la vida era maravillosa y que el amor inundaba su corazón, más intensamente en primavera que el resto del año. Yo le respondí con humor pero sin maldad.
Sergi y yo nos conocimos un 2 de octubre de 2005. Él entró en la habitación cargado de cosas. En seguida me despedí de mis padres. Cuando estuvimos los dos solos en la habitación por primera vez no supe muy bien que hacer. Me propuso tomar una cerveza juntos. Yo acepté. En una terraza del centro comercial “Leganés Uno” nuestras vidas se unieron por suerte o por azar.
Durante estos casi dos años he aprendido muchísimo a su lado, en lo académico, pero sobre todo en lo personal. A él le debo, por ejemplo, la existencia de este rincón de mi mente donde expreso de vez en cuando las ideas, los pensamientos y las experiencias vitales que me vienen a la cabeza.
El día anterior a nuestra pelea verbal habíamos estado hablando sobre su viaje a Perú, que emprenderá el próximo Agosto, y sobre la posibilidad de que yo le visitase en Octubre, aprovechando la primera semana de clase, cuando no se aprende demasiado. El plan parecía perfecto. Un pequeño gorrión se acercó a la puerta de la biblioteca. Me quería decir algo. No lo supe ver.
Desde que discutimos, todo está impregnado de un sabor amargo, tirando a rancio. Una alargada sombra se extiende cada vez más tenue, pero cada vez más larga. Del ciprés ya no cuelgan bolitas de fina madera. Ahora cuelgan tenebrosas calaveras que hablan sin parar. Me dicen que un amigo es un tesoro, y que yo tenía una fortuna. Que ahora está en el fondo del mar, pero que está al alcance de mi mano. Que dos años de convivencia no pueden evaporarse en un instante. Que cuando hay confianza uno deja lo de pensar para otro momento. Que el arrepentirse no es suficiente. Que pedir perdón es de sabios, y también de buenas personas. Qué una semana es demasiado tiempo. Que el reloj de la pared no cura las heridas, sino que las hace más profundas.
Eran las 6 de la tarde cuando el gorrión de la biblioteca fracasó en su esfuerzo. El estruendo de las bombas hizo añicos el cristal de la 253. Entre “no me olvides” me dejé nuestros abriles olvidados, pero ahora los recuerdo, y sé que merecen la pena. Porque si Manuel Boix representase la alegoría de nuestra amistad, el ángel tendría en la mano derecha dos años de momentos inolvidables, y en la izquierda un instante de desconcierto, y sin duda miraría a su mano derecha, porque pesa más, y sobre todo, porque es real.
Siento lo ocurrido.







Preciosas palabras para un articulo tan triste, espero q consigais arreglar vuestras diferencias, en serio.
Un saludo
Preciosas palabras para un articulo tan triste.
Un saludo.
Marcos,
Me atrevería a decir que en todas las habitaciones residenciales donde los compañeros han llegado a convertirse en amigos hay crisis matrimoniales.
Pero pasan, porque siempre hay buenos tiempos esperandonos tras cada esquina.
De cualquier modo, todas las palabras son más bonitas (y reales) cuando son pronunciadas y no escritas.
Un abrazo!
Damos bastante miedo en la foto… a la audiencia: todo arreglado, todo perfecto. Como siempre.
GUAPOS!!!!